El miércoles de la semana pasada en Huamantla, fuimos testigos de una corrida de toros que generó toda la expectación posible, no únicamente por el significado que guarda la tradicional “Corrida de las Luces”, sino también por el cartel de matadores que la integraron.

Las cosas no iniciaron bien para la empresa Santa Julia Espectáculos que días previos vio reducido el cartel al pasar de cuatro, a tres matadores de toros debido a la baja que causó el español Eduardo Gallo, quien se resintió de una lesión inguinal.

En redes sociales –actual vitrina de penetración absoluta para manifestarse, incluso en el anonimato–, la afición les tundió a los organizadores de la feria taurina de Huamantla. Hubo quienes pidieron que el costo del boletaje redujera, y en otros casos, que fuera integrado un matador sustituto del salmantino Eduardo Gallo.

Lo cierto es que ni una ni otra, pues eso sí, la empresa cumplió con su compromiso establecido en el reglamento, de informar con oportunidad a la afición de Huamantla sobre lo ocurrido con el matador Eduardo Gallo, por lo que no hubo nada más que exigir.

Aun así, la corrida registró una entrada que logró ocupar poquito más de un 90 por ciento del aforo de la incómoda plaza de toros La Taurina de Huamantla, que vivió una edición más de su “Corrida de las Luces”.

Suponemos que a los toreros motiva torear un festejo de trascendencia como este, e ilusiona de más en ocasión a que se aproximan las temporadas de feria más importantes en nuestro país, en sedes como Guadalajara, La México y desde luego, Tlaxcala, entre otras.

Sin embargo, el escaso juego que dieron los toros de la ganadería de Pastejé, dio al traste con una corrida que siempre genera interés entre el público local y foráneo que, incluso, para esta edición terminó convirtiéndose en una bronca monumental por el desempeño de los varilargueros, sobre todo el que actuó con el cierra plaza.

Resulta que el integrante de la cuadrilla de Sergio Flores, arremetió como pocos al ejemplar que de por sí acusó embestidas descompuestas en el saludo capotero del de Apizaco.

Lo que siempre será de criticar y hasta de cuestionar, es el incansable castigo que en algunos casos se pone a los toros. Lo del miércoles con ese toro fue una mentada de madre, literal.

Si ya de por sí un sector de la afición quedó molesta con una actitud similar ocurrida con el segundo toro de Juan Pablo Sánchez, quinto de la noche, las cosas se pusieron peores para Sergio Flores.

El varilarguero acercó su caballo hasta en cuatro ocasiones, para pegar severos puyazos barrenados en cada encuentro con la res que, evidentemente, llegó reducida al último tercio.

¿Los más cultos?

Los hechos que derivaron de esa acción, si acaso premeditada por el varilarguero, fueron sumamente cuestionables, pero hasta cierto punto entendible después de la frustración que para entonces ya tenía la gente.

El instante más emotivo de la lidia de los seis toros fueron los chispazos que logró el matador de toros Arturo Macías, quien encontró materia prima apenas potable para poder sacar unos cuantos pases, más por ganas que por arte.

En la “lidia” del sexto toro correspondiente al torero tlaxcalteca, la arena del redondel se vio invadida por todo tipo de artículos que hicieron las veces de proyectiles.

A centímetros de Flores cayeron cojines, envases de agua y refresco, así como vasos de cerveza que sirvieron de protesta por lo que estaba ocurriendo en el ruedo.

Ese comportamiento hostil y reprobable en un espectáculo, eso sí, subjetivo, da al traste con el continuo discurso que se nos ha vendido en torno a que Tlaxcala es la entidad más culta del país.

De nada servirán conferencias, coloquios, conversatorios o congresos internacionales, si no hay una verdadera formación de aficionados respetuosos, pero también con el compromiso de tener un espectáculo digno con ganaderías que pongan por delante la bravura, que no el toro bobo que no infunde mayor peligro y emoción.

Por cierto que durante ese evento, notamos varios detalles relacionados con las “facilidades” que se le dan a los medios de comunicación, para unos muy cómodas y ventajistas, pero para otros, sumamente limitantes para ejercer la función exclusivamente periodística, que no de ego o amiguismo. Pero eso será tema de otra entrega de A La Verónica.

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