¿Qué puede informar un gobernante que tiene nueve meses en el ejercicio del poder, que ya presentó dos informes previos (el de los 100 días y a un año de su triunfo electoral) y que diariamente informa de los diferentes asuntos de la vida pública del país? Muy poco, sin duda. El primer efecto que tuvo el Primer/Tercer informe de Andrés Manuel López Obrador fue precisamente la falta de sorpresas. Ni anuncios espectaculares ni mensajes políticos reveladores ni posicionamientos inesperados: una especie de síntesis informativa de las tradicionales “mañaneras”. En este sentido, se puede hablar de congruencia, de seguir una misma línea de pensamiento y de acción.

Puede parecer aún más extraño en el mundo de las costumbres políticas. Cierto que hace ya muchos sexenios que el día del informe presidencial dejó de ser “El día del presidente”. Pero tampoco se había llegado al punto que la rendición de cuentas anual rivalizara con una rueda de prensa. Y este es el punto.

El llamar a éste su “tercer” informe de gobierno; el hacer que su duración, de apenas 90 minutos, rivalice con cualquiera de las mañaneras; el que su aire informal llegara al extremo de agradecer a un personaje que “ni siquiera lo invitamos”, en referencia al empresario Carlos Bremer, nos dice que la intención desde el punto de vista formal era clara: desacralizar a éste, que había sido el ritual más elaborado de la política mexicana, por más que su época de esplendor quedara en el pasado remoto. Si un ápice de prestigio le quedaba al que alguna vez fue conocido como “el besamanos”, quedó demolido por el estilo personalísimo del presidente.

Fe de ratas José Javier Reyes

Tal como era de esperar, por la parte de los contenidos hubo pocas novedades. Más bien el mensaje fue la reiteración: el gran objetivo de la Cuarta Transformación es terminar con la corrupción; todos los males del país proceden del neoliberalismo; primero los pobres, el objetivo económico no es la generación de riqueza sino la distribución social del mismo, etcétera, etcétera. No informó: declamó un credo propio con convicción religiosa. Como un conjuro que, a tanto de repetirse, se hace cierto.

Pero al margen de estas creencias ideológicas, que pueden o no ser aceptadas, existen datos que están más allá de cualquier controversia. Y éstos son los que inquietan a la ciudadanía y alimentan a la oposición. Se trata de dos datos que amenazan con mover el suelo de la 4T: seguridad y crecimiento económico.

Porque al margen de saber cómo se va a distribuir la riqueza, el paso previo inevitable es que se genere. Y sabemos, más allá de toda interpretación, que a la fecha no hay crecimiento económico.

Y por lo que hace a la delincuencia, las cifras, tomadas de una fuente u otra, en gráficas de barra o de pastel, no logran disminuir el impacto de la larga lista de ejecuciones, que pueblan de violencia todos los espacios noticiosos. Los hechos rebasan cualquier posible explicación. Su impacto no está en el factor cuantitativo, sino en su brutal realidad.

Éstas son las tareas más importantes que enfrentará la 4T, tanto o más que acabar con la corrupción o denostar al neoliberalismo. 

 

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