En un país donde la inseguridad se ha transformado en una presencia constante, donde la muerte ocupa varios minutos de los espacios noticiosos de cada día, donde la falta de crecimiento económico amenaza con deteriorar las condiciones de las familias mexicanas, donde el problema de la migración se suma a la política agresiva del presidente Donald Trump contra nuestro país en muchos frentes, ¿podemos darnos el lujo de centrar nuestra atención en la muerte de un artista y dolernos por su partida, pese a que razones para condolerse se encuentren por todas partes? Sí, si el artista en cuestión se llama Francisco Toledo.

Y es que el arte es un refugio que nos permite creer en un mundo mejor, un lugar donde la imaginación puede abolir las amenazas y regalarnos belleza en medio del horror cotidiano. Y entre los grandes creadores de belleza de México, el artista oaxaqueño ocupa un lugar primordial, por su tenacidad para construir un universo de seres fantásticos y viajar a ese pasado mítico, al México profundo del que extraía sus formas y colores, para hacerlo pasar por el tamiz de las técnicas aprendidas en Europa y devolverlos al presente con deslumbrante vitalidad.

Toledo

Mucho se ha recalcado que el mago de Juchitán combinó su copiosa actividad plástica con la de promotor cultural, ambientalista y luchador social. Pero lo cierto es que para él no había diferencia: esos mitos primigenios de los cuales se nutrió se hallaban en la naturaleza que él deseaba preservar. Su vida y su obra van paralelas, la congruencia entre su pensar, su hacer y su sentir lo acompañaron en cada proyecto, fuera enfrentar el lienzo en blanco, instalar un centro cultural (y fueron muchos los que impulsó) o protestar por las obras de la falsa “civilización” que amenazaban el equilibrio de la naturaleza. Vista en retrospectiva, su labor se ve titánica, su energía inagotable. Libros y exposiciones se acumulan como surgidos, en efecto, de la chistera de un mago. Lo era, a no dudar.

Hoy ese venero se ha agotado. Muere en plena producción, como vivió. Es el momento de hacer el necesario recuento de una obra inclasificable, resistente a los encasillamientos y las etiquetas. Ahora será la labor de los exégetas y uno que otro iconoclasta, que exaltarán o defenestrarán al artista o a su obra. Tarea innecesaria, su trabajo está más allá de las palabras. No requiere explicación ni encomio, sólo exhibición. El bestiario de Toledo nos habrá de acompañar en esta eternidad que empieza con su partida. Los centros de cultura que creó (el Instituto de Artes Gráficas deOaxaca, el Centro de las Artes San Agustín o el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, por mencionar algunos de los más importantes) serán la huella de su paso por la formación artística. La gente a la que él ayudó a formarse tiene el terrible deber de continuar su ejemplo sin dejarse arrastrar por la tentación de la imitación, pero continuando este descubrimiento del México milenario que sigue vivo a pesar de un presente asfixiante.

Gracias por lo que nos dejas, maestro. Que tu ejemplo florezca y dé fruto.

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